Violencia

 

¿Una escena de terror y violencia extrema puede aspirar a la belleza o toda manifestación de este tipo se encuentra relegada al campo de lo grotesco?

Editando la sección de nota roja en un periódico estatal me acostumbré a ver el resultado de los accidentes pero también de las acciones criminales contra de seres humanos y sólo entonces comprendí la fragilidad del cuerpo humano.

Las imágenes violentas dejan huella en la mente pero se puede vivir con ellas, lo que realmente trastorna son las historias de injusticia, dolor, terror, angustia y más áun cuando se les pone cara y nombre.

Un video en el Blog del narco (y páginas similares) muestra a una mujer identificada como la Güera loca o la Pelirroja decapitando a un hombre (el 31 de diciembre de 2010 fue asesinada y colgada en un puente de Monterrey); al terminar, un sujeto saca un cuchillo curvo y desolla la cara, dejando la piel colgando en una piedra.

Sólo un relato tuvo el poder de borrar de mi mente esa escena de violencia absurda. En Crónica del Pájaro que da Cuerda al Mundo el japonés Haruki Murakami da como regalo a uno de sus personajes el siguiente pasaje:

"Con el cuchillo en la mano el oficial que parecía un oso miró a Yamamoto y le sonrió burlonamente. Aún ahora recuerdo aquella sonrisa. Aún ahora se me aparece en sueños. Jamás podré olvidarla. Y se puso manos a la obra. Los soldados sujetaron a Yamamoto por manos y rodillas, y el oficial mongol fue desollándolo minuciosamente con el cuchillo. En verdad lo desollaba como si pelara un melocotón. No pude enfrentarme a la escena. Cerré los ojos. Pero al cerrarlos, los soldados mongoles me golpearon con las culatas de sus fusiles. Abriera los ojos o los cerrara, de cualquier modo oía su voz. Al principio lo soportó estoicamente, en silencio. Pero, a la mitad, empezó a lanzar alaridos de dolor. Unos alaridos que no parecían de este mundo. El hombre, primero, le hizo con un cuchillo un rápido corte en el hombro derecho. Luego fue desollando el brazo derecho de arriba a abajo. Lo fue desollando despacio, con cuidado, casi con amor. Tal como había dicho el oficial ruso, aquello cabía calificarlo de arte. De no ser por los alaridos, tal vez hubiera llegado a pensar que ni siquiera dolía. Pero los alaridos de Yamamoto hablaban de la monstruosidad del dolor que lo acompañaba.

La piel del brazo derecho estuvo poco después completamente levantada y se había convertido en una especie de fina película. El desollador la entregó al soldado que estaba a su lado. Éste la prendió con la punta de los dedos, la extendió y fue dándole la vuelta, mostrándola a los demás. De la piel seguía goteando sangre. El oficial desollador pasó entonces al brazo izquierdo. Repitió la misma operación. Le levantó la piel de las dos piernas, le cortó el pene y los testículos, le cortó las orejas. Luego desolló la cabeza, la cara, todo el cuerpo. Yamamoto perdió el conocimiento; volvió a recuperarlo; y lo perdió de nuevo. Inconsciente, los alaridos cesaban; al recobrar la conciencia, los alaridos volvían. Pero la voz fue debilitando cada vez más y, al final, se apagó (...).

El oficial mongol que parecía un oso extendió la piel del tronco de Yamamoto, desollada limpiamente de una pieza. Incluso estaban los pezones. Cosa tan siniestra como aquélla ni la había visto antes ni la he vuelto a ver jamás. Alguien se la llevó y la puso a secar como una sábana. Y el cadáver de Yamamoto, un amasijo de carne roja y sanguinolenta al que le habían arrancado toda la piel, quedó allí tirado. Lo más lastimoso era la cara. Entre la carne roja, dos grandes globos oculares blancos miraban con fijeza. La boca de dientes desnudos estaba abierta de par en par como si aún gritara. Al desprenderse la nariz, sólo habían quedado unos pequeños agujeros. El suelo era un mar de sangre

 

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