Renunciar a Cruz Azul

Por: Laura Islas

La primera vez que pensé en renunciar al Cruz Azul fue después de un partido contra Pumas. No recuerdo el año mucho menos el marcador. Mi memoria reprime los detalles de una tarde desastrosa en el Estadio Azul en la que nos eliminaron en la Liguilla. 

En aquella ocasión sólo pude conseguir un boleto, así que me fui al estadio acompañada de mi playera y una bandera deshilachada.

Creo que la tragedia comenzó en el segundo tiempo. Cruz Azul cerraba como local porque había tenido mejor posición de la tabla; pero esas mínimas ventajas hace mucho que no suman sino más bien restan a este equipo.

A los Pumas les bastaron unos minutos para hacer que la esperanza de los cruzazulinos se esfumara. 15 minutos antes de que terminara el encuentro era evidente que esa tarde el Cruz Azul no iba a calificar.

Hice lo que nunca había hecho en más de 10 años de asistir, casi religiosamente, cada 15 días al Estadio Azul: me salí antes de que terminara el partido.

Me uní a los ríos de gente que cabizbajos, como si contaran los escalones del Azul, abandonaban el estadio. Acaso me detuve unos minutos al llegar a la entrada del túnel para asegurarme que esa tarde no habría milagro azul. Y no lo hubo.

No vuelvo a venir al estadio, fue lo primero que pasó por mi mente mientras me confundía entre los cientos, quizá miles, de azules que comenzaban a perderse en las calles de la colonia Nochebuena. Hacía frío y lloviznaba.

No regresé al siguiente torneo, me sentía defraudada, como cargando un cúmulo de frustraciones a causa de los fracasos reiterados. Aun así no dejé de echar de menos ese llamado de la máquina, el sonido de un tren que enmarca los atardeceres en el Azul. El viento frío que sopla en el otoño, la oscuridad precoz del invierno o el sol implacable de los juegos que coinciden con el verano. (Me gusta sentarme en el lado de la Puerta 1, y es disfrutar de ese espectáculo que da la caída de la tarde sobre la Plaza de Toros.) 

Tras tragedias como la de la final del domingo, los cruzazulinos invariablemente nos preguntamos por qué: por qué pasó, por qué no se pudo y por qué diablos le sigo yendo al Cruz Azul.

Me conmovieron profundamente las palabras del Chaco Giménez sobre la derrota. La narración de Cancha sobre el día después de la final retrata a un hombre devastado. 

"Fue muy duro, ni quiero salir de casa, no me siento para salir a la calle. Aunque es un deporte, no es sencillo caer en una Final y menos en un clásico. Es más, quiero salir de la ciudad cuanto antes porque no es sencillo", expresa con un tono monocorde, después de haber tenido que conciliar el sueño con ayuda y de haberse levantado cerca del mediodía.

Le duele en el alma este momento y se expresa en consecuencia. Está solo en su casa, cuidando a esa beba que le puede sacar una sonrisa. "Mi familia estuvo en la cancha y cuando volví a casa me ayudó mucho, como unos amigos que pasaron", reflexiona recordando las horas posteriores a la frustración.

 

La derrota hace eso. Devasta, rompe, lastima, duele, sacude, arrasa y al final, cuando termina su paso, nos hace más fuertes. 

De las líneas que se han escrito durante las últimos días sobre la tragedia celeste destaco como las mejores las de Santiago Castillo, quien justamente bajo el título de “La tragedia azul” disecciona la derrota de la máquina.

El carácter es la mitad del destino. Esta frase es de aplicación universal. Ahí está un Michael Jordan quien, jugando con 39 de temperatura, ganaba partidos de campeonato; un Pete Sampras, quien vomitando en plena cancha, derrotaba a Alex Corretja en el US Open; un Franz Beckenbauer, quien con el brazo fracturado jugó el partido del siglo ante Italia en el Mundial de México 70. (…)

Dice Octavio Paz en El laberinto de la soledad que al mexicano no le enseñan a ser grande en la victoria, sino sublime en la derrota. Pareciera que nos conformamos con decir “perdí ante el número uno del mundo, pero fue en cinco sets”, “perdí ante Brasil, pero fue en tiempos extra”, etcétera.

Los aficionados del Cruz Azul no pueden enaltecer su derrota ante el América, después de ir ganando por dos goles, con un jugador más y a cinco minutos del final.

 

Y concluye en un análisis sin complacencias: 

“Los cementeros están destinados a ser los “ya merito”, mientras su afición busca respuestas que su directiva se niega a reconocer: al Cruz Azul le falta carácter en todas sus líneas. (…)

A veces, las derrotas del futbol, son las derrotas de la vida, y hoy más que nunca queda claro que talento sin esfuerzo es sólo diversión”.

 

El martes, León Krauze escribió en Milenio algunas de las palabras más sentidad que alguien que le va a Cruz Azul puede decir sobre la derrota, con apenas unas horas de distancia del fuerte impacto que significó el peor fracaso del equipo en los últimos años.

Primero: las derrotas deportivas construyen carácter. De la larga lista de sinsabores en la vida, estos, los que provienen de la filiación deportiva, son los más nobles, por inofensivos. La manera de aprovecharlos es aceptar que, a cualquier edad, un descalabro instruye mucho más que la repetición del triunfo. No se me ocurre una lección más fundamental que aprender a levantarse después de una caída. Creo, incluso, que no exagero si digo que en ello radica la clave de la felicidad (estudios recientes, por cierto, así lo indican). De las derrotas viene, también, la voluntad de crecer y mejorar. En ese sentido, por ejemplo, hay que aplaudirle a Miguel Layún, el jugador americanista que tradujo en tesón años de burla y ayer recibió una enorme recompensa.

Segundo: los descalabros deportivos, como los triunfos, son pasajeros porque son vicarios. Al final, en el éxito o la derrota, los protagonistas no somos los aficionados. Ni el peor sabor de boca del más enloquecido fanático cementero puede compararse con el desánimo que debe aquejar a los jugadores del Cruz Azul (que me provocan, por lo demás, el mayor orgullo). Por eso, cuando uno sufre la derrota de su equipo favorito, lo mejor que puede hacer es concentrarse en los logros que le corresponde conquistar a uno en la brega diaria, en el esfuerzo cotidiano y real, en los pequeños grandes triunfos de la vida; los propios, no los vicarios: los que cuentan de verdad.

 

Los cruzazulinos somos emotivos. Recientemente un compañero de la redacción de UN1ÓN –Orlando Oliveros, que es americanista- me dijo: los aficionados del Cruz Azul son muy sentimentales. 

Quizá lo somos, quizá eso explique la dosis de masoquismo y el apego a un equipo que en 32 años suma fracasos que rayan en lo absurdo.

Por definición, las pasiones se padecen. Eso nos pasa a los cruzazulinos con este equipo. No es sencillo cambiar a Cruz Azul. Yo, al menos, no podría hacerlo.

Pero la pasión no me hace justificar lo injustificable: lo ocurrido con el América fue un fracaso. Cruz Azul no pudo, su estrategia defensiva fue insuficiente frente a un equipo cuyo espíritu de lucha es casi una lección de vida. 

La directiva, con quien muchos de los aficionados estamos inconformes, tiene que hacer una severa autocrítica y darse cuenta que este equipo necesita algo más. No se puede seguir viviendo de glorias y hazañas cada vez más pasadas, pues habrá un día que serán tan lejanas que no sólo será posible creerlas a partir de los registros históricos.

Es responsabilidad de la directiva conformar un equipo con nuevos líderes, casi héroes, que nos devuelvan la fe en un equipo que ha hecho todo lo posible para que no volvamos a hacerlo. 

 

* La autora es coordinadora editorial de UN1ÓN y cruzazulina apasionada.
 
Mail: laura.islas@un1on.mx

 
 
 
 
Comparte

relevante

Facebook Comments Box