Cruz Azul y ya

“Un mexicano adicto al futbol es, entre otras cosas, un masoquista que colecciona agravios, jueves de dolor para los que no hay domingos de resurrección”. 

Juan Villoro

 Para mi padre, que me enseñó a ser cruzazulina

 

Me gusta decir que irle a Cruz Azul es la expresión mejor acabada de mi masoquismo. Para ser aficionado de un equipo que en 32 años sólo ha ganado sólo un título de liga en ocho finales disputadas, hay que tener una amplia tolerancia a la frustración y un poco o mucho de gusto por el sufrimiento.

Entre los cruzazulinos de sangre 100% celeste las finales perdidas por la Máquina son efemérides que de alguna manera han marcado nuestra vida. Yo recuerdo muy bien la primera vez que experimenté ese momento: 1994, cuando el Necaxa derrotó a la Máquina. 

La memoria guarda íntegra la imagen de una fotografía publicada en El Universal, a blanco y negro: al final del encuentro, en medio del festejo necaxista, Julio Zamora se abalanzó sobre Efraín “El cuchillo” Herrera, cegado por la impotencia de la marca férrea que neutralizó el talento del jugador rosarino. 

La revancha vino tres años después. En León, Cruz Azul consiguió su octava estrella tras un juego tan emocionante como tormentoso. Después de 90 minutos de tiempo regular, la Fiera y el Azul se fueron a tiempo extra, donde el campeonato se definiría con el ya extinto gol de oro.

Cruz Azul tenía un hombre menos, Lupillo Castañeda se había hecho expulsar tras una entrada que todavía juzgo con innecesaria sobre Misael Espinosa, aunque este último dato lo escribo con el riesgo de que me traicione la memoria.

Para los cruazulinos de mi generación, los que no fuimos testigos del tricampeonato ni coreamos las tardes de gloria del Superman Miguel Marín, ese partido y esa final son una de las gestas más heroicas del equipo.

Carlos Hermosillo, con una costilla rota y el rostro enmarcado en un hilo de sangre, tras una artera agresión de Comizzo, ejecutó un tiro penal con una frialdad y precisión que logró enmudecer por un segundo al abarrotado estadio Nou Camp.

La imagen de Hermosillo levantando los brazos al cielo, corriendo a saludar a los fieles celestes que hicieron el viaje a León, mientras el resto de ese gran equipo lo alcanzaba, es una de las postales más dulces que un cruzazulino puede atesorar.

Pasaron 17 años y una vez más Cruz Azul se coronaba campeón.

En diciembre de 1999, otra vez los celestes participaban en una final. De la mano de Luis Fernando Tena enfrentaron a los Tuzos del Pachuca de Javier Aguirre. El Azul era el gran favorito, condición que siempre me ha parecido una maldición, junto con el estigma del súper liderato.

Otra vez el gol de oro; ésta vez en el Estadio Azul. Tras 90 minutos de un juego insípido, cerrado y sin chispa, llegaron los tiempos extras. El recuerdo de Hermosillo festejando frente a Comizzo animaba a pensar que la novena estrella era cuestión de minutos.

La tensión creció hasta que en el segundo tiempo extra, en una distracción de la Máquina, Alejandro Glaría anotó a pase del ex cruzazulino Marco Garcés. Yo estaba en el Azul, y aunque he vivido varias finales perdidas y otras derrotas igual de deshonrosas, no recuerdo momento más triste en un estadio que esa fría noche. Ahora creo que esa sensación era un presagio de que vendrían años muy tristes.

Dos años después vimos al mejor Cruz Azul de los últimos 20 años: el equipo entrañable que se abrió pasado hasta el subcampeonato de la Copa Libertadores. 

Los nombres del Conejo Pérez, Paco Palencia, Adomaitis, Benjamín Galindo, el Matute Morales, Juan Reynoso, y por supuesto con la contribución de Saturnino Cardozo y Sergio Almaguer, entre otros más, marcaron la memoria futbolística de los cruzulinos. 

Era un placer apoyar a ese equipo. Aun en esa noche triste que perdieron la copa, los cruzazulinos guardamos el orgulloso recuerdo de haberle ganado al Boca Juniors en su histórica casa: la Bombonera de Buenos Aires.

Esa noche Cruz Azul no levantó la copa no dio una vuelta olímpica, pero para los aficionados ellos eran unos héroes.

El heroico equipo subcampeón de la Libertadores

Ha sido el único subcampeonato que celebro. Después vinieron los años difíciles. La oscura época de Mario Carrillo como director técnico; los vaivenes de Luis Fernando Tena y Enrique Meza; el paso fugaz de Sergio Markarian; el secuestro de Rubén Omar Romano; los nombres que ilusionaban a los fanáticos pero que jamás concretaron el título.

Desde que Cruz Azul ganó al América la semifinal de la Copa Mx, en una agónica tanda de penales en el Estadio Azteca, parece que la fortuna le sonríe. 

Tras ese triunfo, llegaron los marcadores de escándalo, el ansiado título que nos salvó momentáneamente del bullying y el mote de quinceañeras y alcohólicos anónimos (por aquello de los 15 años sin un título, sin levantar la copa). El triunfo ante el Atlante sirvió para en la mente de los cruzazulinos se exorcizara ese fantasma del subcampeonato. 

Esta semana, la Máquina Celeste define su paso a la final. Anoche se impuso a Santos de Torreón en un juego que parece haber definido la eliminatoria: con un marcador de 3-0 a favor, Cruz Azul se acerca una vez más a la posibilidad de acabar con el estigma y conseguir el campeonato. 

A fuerza de 15 años de práctica, los cruzazulinos hemos aprendido a ser escépticos, críticos, a tener la piel más gruesa, a descreer de las goleadas, a dudar de los jugadores de gran renombre, las contrataciones ostentosas y la condición de favorito. Sabemos bien que hasta en el último segundo del tiempo añadido por el árbitro, la historia puede cambiar dramáticamente. Cruz Azul es especialista en eso.

A pesar de ello, de mi naturaleza de cruzazulina incrédula, debo reconocer que este equipo ilusiona. Y no porque tenga un futbol espectacular o una delantera imparable, lo que más rescato de este Cruz Azul es que se paran en la cancha con una actitud que parece lejana a esa maldición del subcampeonísimo.

Un editor que tuve en mis primeros años de reportera gustaba de citar a Javier Marías, lamento no haber tomado nota exacta de ello, pero recuerdo que palabras más o palabras menos solía decirme que uno puede cambiar de sexo, ideología, religión, pareja, filiación política, cualquier cosa, menos de equipo de futbol. Eso no cambia, eso se lleva, eso te marca.

Recuerdo que previo a la final con el Pachuca, a las afueras del Azul me compré un gorro tipo Santa Clos que tenía dibujado con pésima serigrafía, el escudo de Cruz Azul con nueve estrellas. Hace apenas unos meses hice el macabro hallazgo de ese gorro de fieltro, guardado en el fondo de una caja, junto con algunas de mis frustraciones cruzazulinas. Sobra decir que el gorro de marras fue directito a la basura. Hoy, con este equipo, esas frustraciones también. Empezamos desde cero. 

Cruz Azul y ya. Arriba la Máquina.
 
 
* La autora es coordinadora editorial de UN1ÓN.
Mail: laura.islas@un1on.mx

 
 
 
 
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