Julio Cortázar

“Creo que no te quiero, que solamente quiero la imposibilidad tan obvia de quererte. Como el guante izquierdo enamorado de la mano derecha.” Salvo el crepúsculo, Julio Cortázar

Por: Laura Islas

Leí Rayuela por primera vez a los 16 años. Mi primer acercamiento a la novela ocurrió cuando un maestro de la preparatoria, leyó en voz alta el que quizá es uno de los fragmentos más famosos, el Capítulo 7.

“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca…”. 

Tengo la hipótesis de que los mejores libros –al igual que los amores— llegan en el momento justo; llegan y se instalan para arrasar con muchas cosas que has sido y sin proponérselo –ni ellos, ni tú—comienzan a construir mucho de lo que serás.

Un poco como se frasea en la propia Rayuela: “Andábamos sin buscarnos pero sabiendo que andábamos para encontrarnos”. 

Así me pasó con Cortázar. A partir de ese momento, hice las líneas de Rayuela mis cómplices y compañeras; la obra de Julio Cortázar se convirtió en un testigo, un confidente y hasta por qué no decirlo, en una inspiración. (En 1998, un cuento llamado La Casa Verde, que escribí inspirada en ese personaje fascinante que es la Maga, me permitió ganar una mención honorífica en el que creo fue la única edición del concurso de cuento Jaime Sabines a nivel bachillerato).

De Rayuela llegué a los cuentos completos (pasé muchas tardes acompañada con los gruesos volúmenes que aún edita Alfaguara), seguí con la poesía, los pameos y otros prosemas, que quizá sean de las letras menos conocidas de Julio, pero en lo personal son de las más entrañables. 

Me aficioné también a las anécdotas de Cortázar, sobre todo las contadas por Gabriel García Márquez y Carlos Fuentes. Mi favorita, la que Fuentes contó en la cátedra Julio Cortázar que organizó la Universidad de Guadalajara en febrero de 2004.

Con la presencia del Gabo, Tomás Eloy y José Saramago –en una mesa moderada por Belisario Betancourt--, Fuentes recordó que al leer la noticia de la muerte de Cortázar en el New York Times, marcó el número de García Márquez para preguntarle si había leído el periódico que anunciaba que Julio Cortázar había muerto.

Gabo, quien esencialmente es periodista, dio una respuesta que me pareció genial y máxima de vida: “Carlos, cuántas veces te he dicho que no creas todo lo que lees en los periódicos”. (Y así lo creo, quizá porque soy periodista: no hay que creer todo lo que publican los medios.)

En mi adolescencia también, me obsesioné con cruzar el Atlántico y llegar hasta París para visitar la tumba de Cortázar. Afortunadamente pude concretar mi obsesión gracias a la generosidad de mi padre que patrocinó mi viaje y la osadía de mi amiga Narem, quien se subió conmigo al avión, al vagón del metro que nos llevó a Montparnasse y a esta aventura de vida que ha sido la literatura cortazariana para mí.

Ella es la autora de la foto que acompaña este texto.

He vuelto a París y a Cortázar varias veces más. Quizá ya no con el mismo ímpetu, pero sí con la misma gratitud y devoción a una figura tan generosa como la de Julio.

Hoy que se celebran 50 años de la publicación Rayuela. Enhorabuena para todos los cronopios. 

  

 

* La autora es coordinadora editorial de UN1ÓN y fanática del Cruz Azul y los Patriotas de Nueva Inglaterra.

 
 
OTROS TEXTOS:
 
 
 
Mail: laura.islas@un1on.mx

 
 
 
 
Comparte

relevante

Facebook Comments Box